12 dic. 2009

Ortega y Gasset fueron dos hombres sin papel "Elefante"

Para los que hemos nacido bajo la sombra democrática de la monarquía parlamentaria, los plebiscitos y sufragios universales trajeron consigo -además de las chaquetas de pana y el novelón que cada exiliado portaba bajo el brazo- un poner en orden paulatino de las alcantarillas y el maquillado de los barrios chinos. Otrora se borraban los desconchones a base de cal, para que los niños, exhortados por un apetito instintivo, lamiesen la pared y equilibrasen sus niveles de calcio (qué hambre tenían siempre estos infantes, que era un no parar de lamer) y además el encalado hacía estampa de turismo por la ruta de los pueblos blancos (Medina Sidonia, Arcos de la Frontera y un sinfín de ayuntamientos con alcalde y todo entre andaluces y sierras).

Los "adolfos", "sotelos" y "felipes" se ocuparon de vertebrar y desvertebrar aquello que en los centros gallegos y asturianos del Cono Sur o del Caribe llamaban patria. Eso sí, con menos novecentismo que el folletón en Diaro "El Sol" de un tal Ortega y Gasset -que sin conocer más de León que su catedral de bóveda de crucería y su empuje lateral hacia los arbotantes, logra escaño ya en la II República por esta provincia, siendo él y los suyos del Madrid de toda la vida, vamos, del Madrid todavía horizontal-.

Ignorantes nosotros de los trajines de nuestros padres y abuelos, España olía aún, a pesar de tanta metamorfosis en las concejalías, a calzoncillo sucio (recuerdo haberme limpiado de niño con papel "Elefante", antes de conocer las bondades higiénicas del uso del bidet). Mujeres y hombres retrasaban empecinadamente el aseo de fondo hasta ir a comulgar en Domingo y recibir en boca ese pan ácimo que tan rico les sale por Cipérez (Salamanca), así que en las tabernas reinaba como una atmósfera ineludible de pozo negro, por mucho que se ventilase en aquellos bodegones donde a uno, entonces alevín, no le servían hielo en los refrescos y había que beberse aquella cola caliente con textura de linimento.

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