21 ene. 2010

Portada Full Lambda/Almudena López


Portada del último número de la revista Full Lambda (nº 11, hivern 2009/2010) creada por mi partenaire/concubina/esposa Almudena López.

12 dic. 2009

Ortega y Gasset fueron dos hombres sin papel "Elefante"

Para los que hemos nacido bajo la sombra democrática de la monarquía parlamentaria, los plebiscitos y sufragios universales trajeron consigo -además de las chaquetas de pana y el novelón que cada exiliado portaba bajo el brazo- un poner en orden paulatino de las alcantarillas y el maquillado de los barrios chinos. Otrora se borraban los desconchones a base de cal, para que los niños, exhortados por un apetito instintivo, lamiesen la pared y equilibrasen sus niveles de calcio (qué hambre tenían siempre estos infantes, que era un no parar de lamer) y además el encalado hacía estampa de turismo por la ruta de los pueblos blancos (Medina Sidonia, Arcos de la Frontera y un sinfín de ayuntamientos con alcalde y todo entre andaluces y sierras).

Los "adolfos", "sotelos" y "felipes" se ocuparon de vertebrar y desvertebrar aquello que en los centros gallegos y asturianos del Cono Sur o del Caribe llamaban patria. Eso sí, con menos novecentismo que el folletón en Diaro "El Sol" de un tal Ortega y Gasset -que sin conocer más de León que su catedral de bóveda de crucería y su empuje lateral hacia los arbotantes, logra escaño ya en la II República por esta provincia, siendo él y los suyos del Madrid de toda la vida, vamos, del Madrid todavía horizontal-.

Ignorantes nosotros de los trajines de nuestros padres y abuelos, España olía aún, a pesar de tanta metamorfosis en las concejalías, a calzoncillo sucio (recuerdo haberme limpiado de niño con papel "Elefante", antes de conocer las bondades higiénicas del uso del bidet). Mujeres y hombres retrasaban empecinadamente el aseo de fondo hasta ir a comulgar en Domingo y recibir en boca ese pan ácimo que tan rico les sale por Cipérez (Salamanca), así que en las tabernas reinaba como una atmósfera ineludible de pozo negro, por mucho que se ventilase en aquellos bodegones donde a uno, entonces alevín, no le servían hielo en los refrescos y había que beberse aquella cola caliente con textura de linimento.

10 dic. 2009

Arquitecturas de "café con leche"

Siempre que regreso al Norte acostumbro a pedir "café con leche" en las cafeterías. A seis kilómetros exactos de la orilla valenciana del Meditérraneo -distancia cuantificada entre la calle de Pavía y la Plaza de la Virgen- uno debe optar por el "cortado" si pretende eludir ese tazón como de caldo de res (para caldos me inclino por el "bouquet garni", muy tradicional en la cocina francesa, generoso con el tomillo, el romero y el laurel).

Por el cantábrico el café se toma junto a los grandes ventanales, haciendo pose de mirón -que allí se confunde con decadentismo o con nostalgia-. La reconversión industrial de los ochenta dejó suelto en Asturias mucho minero silicoso y mucha mirada perdida en esos grandes vanos de cristal que es ridículo limpiar con multiusos, por las naturales lluvias, me refiero... y la crisis de la siredurgia (cómo humeaban las chimeneas junto a la autopista cuando iba camino de Oviedo, aún infante, al Hospital General, para las pruebas del síndrome de Alport).

Y tertulia, claro. Qué afición por la tertulia con el café. Hasta los ajedrecistas del Dindurra hacían tertulia -que confundían siempre con homosexuales por sentarse en la zona de mesas donde se "hacía la carrera" a la castiza usanza (ese cruising ibérico que tanto gustaba a la policía secreta, allá por los setenta).

Solía ser "café con leche" de 125 pesetas -en los noventa-, café que olía transitoriamente como a crema de manos, porque los camareros gastaban abundante dinero de la caja en friegas contra las quemaduras, que a uno le servían la leche, indefectiblemente, ya en la mesa, portando sobre la bandeja la jarra hirviente (detalle que nos hacía concluir que era mozo novel al abrir la palma bajo el aluminio).

Desde Octubre del 95 comencé ya a desembolsar mis 30 duros. Café castellano, de sangre charra y anecdotario salmantino. Universo pontificio que habré, pronto, de revisitar.

8 dic. 2009

Beatos cuneiformes

A los sacristanes -tal vez por esa dignidad eclesiástica que supone la guardia y custodia de ornamentos, vestiduras y libros sagrados- les gusta mucho beber cerveza Águila. Cruzan la plaza naturales y raudos, dominando ese trayecto cotidiano y familiar, como de pasillo que roba luz en los inmuebles subvencionados por los patronatos o las cooperativas de calzado. La prefieren de grifo, claro, para rozar la espuma caprichosa, y en ese vaso corto en el que sabe tan bien el café con leche del Norte -gusto que comparten por igual las ancianas de abolengo desalfabetizado y las merecitres noveles, que las de longeva trayectoria se apuntan a la leche manchada en trago largo, con cuchara de bar, para tomar con la aspirina antes del regreso a casa-.

Los sacristanes miran de reojo la sepia en salsa verde, el bacalao con pimientos, incluso el queso en aceite, pero aguardan el detalle de acompañar la caña con almendras fritas y cacahuetes en sal gorda. Transitar cinco o seis veces desde la basílica al bar o del cepillo a la barra les hacen merecedores de ese trato de confianza que tienen los camareros para con los asiduos o los enfermos de trastorno bipolar, un nexo conversacional imposible en los parques o en las colas de Hacienda.

Los sacristánes son ese tipo de beato cuneiforme en el que se orinan los obispos, es por eso que huelen siempre a mistela de la Marina Alta en lugar de a cerveza Águila.

6 dic. 2009

Siempre he sido hombre de resaca de anís

Hacía varios años que no arreciaba sobre el hogar completamente ebrio tras los excesos sabatinos. Perfumado con varios gintonics, vino tinto y rosado, ron como sustitutivo de ese gordons sesentón, como umbraliano e hipodromorfológico, se dispone uno a atravesar la ciudad entre los últimos rescoldos espermáticos de los taxistas y la fenomenología caliente. La ignominia reclama zigzagueos, trayecto dilatado entre los mapas hiperbólicos y la alcantarilla del levante que es Valencia, sumidero del vómito que huele a patatas bravas y sabe a catalán folclórico, homófobo y reaccionario.

Hace más de siete años que concejales, casales y carpetovetónicas glorias que beben anís en "La Casa del Artista" velaron el féretro de Rafael Conde "El Titi" en el Principal. Todo esto lo recuerdo mientras tarareo "El Titi canta a Valencia" asomándome alcoholizado a ese jardín pétreo y ahíto de pederastas de dádivas y misa que es la Plaza de la Virgen.

Nunca ha dejado de sorprenderme la facilidad con la que esta ciudad se torna pueblo, con un pulso ineludible de provincias, eso sí, de un provincianismo salado, de mar en calma, como de horchata, y hombres que huelen a carajillo y a ducados. Nada que ver con ese hedor charro y de portalón cerrado con el que se alientan los taurinos y los ganaderos cuando van a hacer negocio a Salamanca y acostumbran a hacer noche en los hostales, aunque duerman finalmente sobre las barras americanas de los clubes de la carretera de Valladolid.

(A todo esto, iba yo borracho, huéfano de dandismo y haciendo esa prosopopeya muda que tienen los retornos para con los objetos y las ratas que se revolucionan entre los solares) Otro día prosigo, queridos.