10 dic. 2009

Arquitecturas de "café con leche"

Siempre que regreso al Norte acostumbro a pedir "café con leche" en las cafeterías. A seis kilómetros exactos de la orilla valenciana del Meditérraneo -distancia cuantificada entre la calle de Pavía y la Plaza de la Virgen- uno debe optar por el "cortado" si pretende eludir ese tazón como de caldo de res (para caldos me inclino por el "bouquet garni", muy tradicional en la cocina francesa, generoso con el tomillo, el romero y el laurel).

Por el cantábrico el café se toma junto a los grandes ventanales, haciendo pose de mirón -que allí se confunde con decadentismo o con nostalgia-. La reconversión industrial de los ochenta dejó suelto en Asturias mucho minero silicoso y mucha mirada perdida en esos grandes vanos de cristal que es ridículo limpiar con multiusos, por las naturales lluvias, me refiero... y la crisis de la siredurgia (cómo humeaban las chimeneas junto a la autopista cuando iba camino de Oviedo, aún infante, al Hospital General, para las pruebas del síndrome de Alport).

Y tertulia, claro. Qué afición por la tertulia con el café. Hasta los ajedrecistas del Dindurra hacían tertulia -que confundían siempre con homosexuales por sentarse en la zona de mesas donde se "hacía la carrera" a la castiza usanza (ese cruising ibérico que tanto gustaba a la policía secreta, allá por los setenta).

Solía ser "café con leche" de 125 pesetas -en los noventa-, café que olía transitoriamente como a crema de manos, porque los camareros gastaban abundante dinero de la caja en friegas contra las quemaduras, que a uno le servían la leche, indefectiblemente, ya en la mesa, portando sobre la bandeja la jarra hirviente (detalle que nos hacía concluir que era mozo novel al abrir la palma bajo el aluminio).

Desde Octubre del 95 comencé ya a desembolsar mis 30 duros. Café castellano, de sangre charra y anecdotario salmantino. Universo pontificio que habré, pronto, de revisitar.

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